Era lo que no podía ser. Estaba claro que aquello era un sueño, si no era así, debía ser que estaba muerto. Así que, como no le podía pasar nada malo, no lo dudo ni un instante y siguió aquel agradable olor que hacía ya tiempo que le traía enamorado. Pero, para llegar a él, necesitaba cruzar un gran mar, revuelto, lleno de grandes olas, como si sobre él estuviera cayendo una inmensa tempestad. Un mar frío, tan frío que el solo hecho de tocarlo hacía sentirte como si una mano de hierro al rojo vivo te arrancara la piel sin ningún tipo de compasión.
No podía resistirse a aquel olor que cada vez le permitía menos poder pensar en otra cosa. Se adentro en el mar, nadando como si su vida estuviera creada nada más que para ello, guiándose por el incesante olor, cada vez más agudo.
Llevaba mucho tiempo nadando y, lo único que le daba fuerzas para continuar era aquel olor, ya tan fuerte que parecía que nunca más pudiese oler otra cosa. Sin embargo, esta idea le hizo tan feliz que comenzó a nadar casi al doble de la velocidad que llevaba.
Levantó la vista un momento y vio una especie de cueva. Sabía que el olor procedía de allí, junto con la dueña de este. Desde ese momento solo pensaba en poderla ver. Tan emocionado estaba que le pareció llegar a la cueva en un momento. Cuando salió del agua, que le había hecho pensar que al salir de ella sería un esqueleto andante, se encontró un aire ardiente, era peor aun que el agua. Pero no podía volver atrás. ¡Tenía que entrar en la cueva!
Una vez dentro se sintió envuelto por un aroma más dulce que el que le había atraído hasta allí. Creía que ese aroma le estaba haciendo volar por toda la cueva. Pero, ¿y ella? ¿Por qué no estaba allí? De repente sus ojos se paralizaron. La había visto. Era ella.
La vio al final de la cueva, como en otra habitación. Se acerco hasta allí paso a paso, encontrándose, por cada paso que daba, una mayor sensación de estar en el más maravilloso lugar del mundo.
Una vez entró dentro de la habitación se dio cuenta de que no había otro lugar igual. La temperatura era inigualable. El aire purísima, con aquel olor que le había llevado hasta allí, siendo esta vez el más perfecto de los olores. Pero sin duda lo mejor era lo que allí había. Lo que estaba viendo. A ella.
Se quedó inmóvil mirándola fijamente. No podía ni tener otra imagen en la cabeza ni mirar a ningún otro lado.
Ella se había percatado de su presencia y se giró suavemente para verle.
Esa mirada era sumamente tierna, le penetró tan profundamente que le impidió moverse lo más mínimo. Cuando por fin lo consiguió, se acercó lentamente hacia ella. Ambos se miraban finamente, parecía que ese fascinante momento sería eterno.
Se puso delante de ella y puso la mano sobre su rostro con la mayor suavidad y ternura que nadie se pueda imaginar. Quería que se diera cuenta de que necesitaba estar junto a ella.
Ella que había cerrado los ojos para sentir aquella caricia, los abrió y vio que él se acercaba para besarla.
Cerraron los ojos a la vez. Solo quedaban unos milímetros para que se besaran. Sus labios se estaban rozando y de repente se escucho: ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!
Se despertó. Todo aquello había sido un sueño. Sin embargo seguía sintiendo aquel perfecto olor. Abrió los ojos y allí estaba. Era ella quien decía “¡nunca!”, y seguía diciendo: ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca ocurrirá nada de eso! De repente, se despertó. Miro el reloj. ¡Las ocho i veinte! ¡Solo faltaban diez minutos para entrar en clase! Rápidamente se vistió, preparó las cosas y se marchó con el único pensamiento de poder verla otro día más.
No podía resistirse a aquel olor que cada vez le permitía menos poder pensar en otra cosa. Se adentro en el mar, nadando como si su vida estuviera creada nada más que para ello, guiándose por el incesante olor, cada vez más agudo.
Llevaba mucho tiempo nadando y, lo único que le daba fuerzas para continuar era aquel olor, ya tan fuerte que parecía que nunca más pudiese oler otra cosa. Sin embargo, esta idea le hizo tan feliz que comenzó a nadar casi al doble de la velocidad que llevaba.
Levantó la vista un momento y vio una especie de cueva. Sabía que el olor procedía de allí, junto con la dueña de este. Desde ese momento solo pensaba en poderla ver. Tan emocionado estaba que le pareció llegar a la cueva en un momento. Cuando salió del agua, que le había hecho pensar que al salir de ella sería un esqueleto andante, se encontró un aire ardiente, era peor aun que el agua. Pero no podía volver atrás. ¡Tenía que entrar en la cueva!
Una vez dentro se sintió envuelto por un aroma más dulce que el que le había atraído hasta allí. Creía que ese aroma le estaba haciendo volar por toda la cueva. Pero, ¿y ella? ¿Por qué no estaba allí? De repente sus ojos se paralizaron. La había visto. Era ella.
La vio al final de la cueva, como en otra habitación. Se acerco hasta allí paso a paso, encontrándose, por cada paso que daba, una mayor sensación de estar en el más maravilloso lugar del mundo.
Una vez entró dentro de la habitación se dio cuenta de que no había otro lugar igual. La temperatura era inigualable. El aire purísima, con aquel olor que le había llevado hasta allí, siendo esta vez el más perfecto de los olores. Pero sin duda lo mejor era lo que allí había. Lo que estaba viendo. A ella.
Se quedó inmóvil mirándola fijamente. No podía ni tener otra imagen en la cabeza ni mirar a ningún otro lado.
Ella se había percatado de su presencia y se giró suavemente para verle.
Esa mirada era sumamente tierna, le penetró tan profundamente que le impidió moverse lo más mínimo. Cuando por fin lo consiguió, se acercó lentamente hacia ella. Ambos se miraban finamente, parecía que ese fascinante momento sería eterno.
Se puso delante de ella y puso la mano sobre su rostro con la mayor suavidad y ternura que nadie se pueda imaginar. Quería que se diera cuenta de que necesitaba estar junto a ella.
Ella que había cerrado los ojos para sentir aquella caricia, los abrió y vio que él se acercaba para besarla.
Cerraron los ojos a la vez. Solo quedaban unos milímetros para que se besaran. Sus labios se estaban rozando y de repente se escucho: ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!
Se despertó. Todo aquello había sido un sueño. Sin embargo seguía sintiendo aquel perfecto olor. Abrió los ojos y allí estaba. Era ella quien decía “¡nunca!”, y seguía diciendo: ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca ocurrirá nada de eso! De repente, se despertó. Miro el reloj. ¡Las ocho i veinte! ¡Solo faltaban diez minutos para entrar en clase! Rápidamente se vistió, preparó las cosas y se marchó con el único pensamiento de poder verla otro día más.
(enero 2009)



3 comentarios:
Me encanta el relato =) Escribes realmente bien ¬¬ qué escondido te lo tenías!
Besitos y hasta mañana.
¿Eres pelayo? ¿Pelayo escribe así? Muy fuerte...
Gracias por el envío :P Has conseguido que acabe con una gran sonrisa en mi cara.
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